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La lingüística histórica
Pablo el 29 de Julio de 2007 a las 02:01 am
Para comprender qué supuso la revolución lingüística de Saussure, tenemos que examinar –además de la gramática histórica- un importante plano de referencia. En efecto, la gramática, como mera descripción y clasificación de hechos, había caído en descrédito a lo largo del siglo XIX. Se ponía en duda su carácter científico, ya que carecía de leyes. Estas son sólo posibles cuando existe regularidad en los fenómenos observados; pero todo en el lenguaje parecía ser anómalo, irregular y asistemático.
La teoría gramatical parecía definitivamente agotada o, por lo menos, no resultaba atractiva en una época de grandes hallazgos y progresos en las ciencias naturales. Quienes se sentían atraídos por el estudio del lenguaje tenían frente a sí otros problemas mucho más seductores, problemas que admitían un tratamiento “científico”.
A finales del siglo XVIII, varios investigadores habían descubierto el sánscrito, que era pariente del griego y del latín. Comienza entonces una febril actividad, que se desarrolla a lo largo de todo el siglo XIX, y que termina alumbrando una Gramática comparada. Consistía en comparar entre sí lenguas próximas y remotas, con el fin de entender sus parentescos y familias. Fue de este modo como se estableció, por ejemplo, la gran familia de las lenguas indoeuropeas, derivadas todas ellas de un primitivo idioma desaparecido.
La fase meramente comparatista dejó pronto paso a otra de la mayor rango científico. Se observó que entre los sonidos de las palabras equivalente de las lenguas de una familia, había correspondencias constantes. Jacobo Grimm (1822) descubrió que las lenguas germánicas tenían una F en posiciones donde otras lenguas indoeuropeas tenían una P, y que tenían una P donde las otras tenían una B, etcétera.
Estas regularidades permitían establecer leyes de correspondencia entre unas lenguas y otras, así como leyes de evolución entre una lengua y sus dialectos. Observaciones y leyes de este tipo vinieron a conferir a la lingüística el ansiado carácter científico que buscaba, y que no se advertía en la gramática tradicional. Los lingüistas podían ya codearse sin rubor con los investigadores de la naturaleza, identificarse con ellos. Con este afán, los llamados neogramáticos formularon un principio que daba a las leyes fonéticas la misma regularidad que a las leyes naturales.
Lanzados entonces a descubrimientos espectaculares en el parentesco de las lenguas y en las correspondencias históricas entre ellas, armados con el poderoso instrumento científico de las leyes fonéticas, los lingüistas abandonaron toda investigación sobre el lenguaje que no fuera evolutiva. La gramática se abandonó, pues consiste en el estudio de una lengua al margen de consideraciones históricas. Un eminente lingüista alemán, Hermann Paul, llegó a escribir en 1880 que “el único estudio científico del lenguaje es el método histórico”.
A este estado de cosas vino a poner fin Ferdinand de Saussure, quien restableció la dignidad científica de la gramática no histórica, y la dotó de unos poderosos supuestos históricos que le dieron alas para emprender de nuevo su vuelo milenario.

Prioridad de la lengua escrita sobre la hablada. Esta creencia surge, en opinión de muchos autores, como consecuencia natural de la admiración que los griegos del período alejandrino sintieron por los grandes escritores helenos del pasado. Se entendía que la lengua hablada, abundante en imperfecciones e incorrecciones, era naturalmente “inferior” a la escrita, y que la gramática tenía por objetivo evitar la corrupción del lenguaje cotidiano.
A diferencia de la mayoría de los poetas clásicos que hemos tratado –
Virgilio, nacido en el año 60 a.C., es el autor del gran poema épico de los romanos, la Eneida. Nació en Andes, un pequeño pueblecito cercano a Mantua. No procedía de una familia muy rica, pero lo suficiente para ofrecerle una buena educación. Así, cursó estudias de literatura griega y filosofía, además de matemáticas y medicina.
Como sabemos, la oración es una estructura gramatical que está constituida por dos elementos nucleares: el sujeto y el predicado. Estos términos no son vagos ni arbitrarios, sino que hacen referencia a funciones, es decir, a las relaciones que se establecen entre los distintos elementos de la oración.











