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15
Jun

Los signos

Publicado por Pablo el 15 de Junio de 2007

SignosCuando queremos analizar los elementos que intervienen en el acto comunicativo, solemos definir el código como el conjunto de signos y reglas de combinación que nos permiten construir nuestros mensajes.

Pero si hemos de comprender profundamente los entresijos de la comunicación, no podemos dejar de lado lo que la semiótica nos enseña. Y la semiótica, en efecto, se ha ocupado largamente de lidiar con estos problemas, de forma que si queremos buscar una definición de signo que nos sea útil, lo mejor que podemos hacer es acudir a ella. La semiótica define el signo como cualquier elemento portador de significado; tanto el olor a tierra mojada como una nube de humo, el ruido producido por una ambulancia con la sirena encendida, el grito de una persona al decir “fuego”, etcétera. Todo ello son signos que, por nuestro conocimiento tanto de la lengua como de los diferentes contextos comunicativos, somos capaces de entender.

Podemos distinguir además entre tres tipos de signos, atendiendo a la relación que se establece entre el signo y su significado:

El indicio es un tipo de signo que se base en el establecimiento de una relación natural de causa-efecto entre dos fenómenos determinados. Por ejemplo, ver una nube de humo o escuchar un coche de bomberos, nos inducen a pensar que se ha producido un incendio. La nube y el ruido son, pues, indicios de incendio.

El icono en cambio se caracteriza por la relación de semejanza que establece entre el signo y la realidad que éste representa. Por ejemplo, el mapa de una ciudad es un icono porque reproduce, con mayor o menor precisión, la realidad que intenta representar. Lo mismo ocurriría con el retrato de una persona, o con el dibujo de un paisaje.

El símbolo aparece cuando la relación entre el signo y la realidad representada es arbitraria, es decir, no existe una relación natural entre una cosa y la otra. De forma que si entendemos lo que con el símbolo quiere decirse es sólo porque existe un acuerdo, entre los miembros de una determinada comunidad, para entenderlo así. Las banderas de los países representan a los mismos solamente porque queremos que sea así, porque lo hemos acordado. Sabemos que una cruz roja sobre un edificio indica que allí se dispensan cuidados médicos, o que si en mitad de una batalla un contendiente saca a ondear la bandera blanca es porque quiere rendirse. Pero lo sabemos porque lo hemos aprendido; no porque esas imágenes porten esos significados de forma natural.

12
Jun

El Arcipreste de Hita

Publicado por Pablo el 12 de Junio de 2007

hita1.gifLa poesía medieval española adquirió nuevos tintes, nuevos impulsos cuando, a mediados del siglo XIV, apareció una de sus mayores figuras: el Arcipreste de Hita, y su Libro de buen amor.

El autor de tan fabulosa obra, cuyo verdadero nombre era Juan Ruíz, nació en Alcalá de Henares –o eso es, al menos, lo que a día de hoy se piensa, casi con total seguridad-. El Libro de buen amor, que es lo que nos ocupa, es una disertación verdaderamente insólita sobre el amor, en la que se ensalza el amor a Dios y se condenan los vicios y los pecados provocados por la pasión y el desenfreno, pero en el que, a su vez, se hace una descripción tan detallada de todos esos vicios, que hasta se llega a dar consejos sobre cómo conquistar a una mujer, por ejemplo. El Arcipreste incluso utiliza, en más de una ocasión, métodos y procedimientos condenados previamente por la moral imperantemente católica de aquella época, lo cual resulta especialmente desconcertante si tenemos encuentra que era, el autor, un reconocido hombre de religión.

Trascendiendo la polémica, es realmente ese doble juego el que hace esta obra única, pues sirve, a la vez, para leerla desde la perspectiva de la moral de la época y desde la de la diversión y la picaresca.

Se han hecho muchos estudios acerca de las condiciones en las que el Arcipreste de Hita escribió esta obra, y es que el inicio de la misma dice que su autor se encuentra encerrado, por orden del arzobispo Gil de Albornoz. No se ha llegado a saber, con total certeza, si tal afirmación es cierta o no, pero resulta chocante que todo el libro esté escrito en primera persona y hable, como decíamos, desde el punto de vista de un hombre de religión y moral, de diversión, amor y relaciones sexuales.

Se piensa que el Libro de buen amor pretendía, realmente, enseñar a la incipiente burguesía de la época algunas cuestiones sobre el arte de amar, arte que hasta entonces había sido exclusivo de los nobles feudales y los ambientes cortesanos. El joven protagonista de la obra fracasa al principio, en su intento de seducir a una mujer, pues es rechazado por diversas damas debido a su desconocimiento de las reglas del amor cortés. Entonces aparece Don Amor, y le enseña la técnica del amor, las normas de la cortesía, la necesidad de disponer de un confidente fiel.

Con los saberes bien aprendidos, vuelve el aspirante a la conquista de la doncella, y esta vez sí, la consigue, aunque no sin la ayuda de otro curioso personaje, la vieja Trotaconventos.

Al final de la obra, se hace un recorrido todavía más detallado sobre los distintos tipos de mujeres de la época, que se ha querido interpretar como un repaso por las aventuras extramatrimoniales de nuestro incorregible Arcipreste.

Queriendo o sin querer, cambió para siempre la forma de hacer poesía de su época.

12
Jun

Las figuras retóricas

Publicado por Pablo el 12 de Junio de 2007

Figuras retóricasLas figuras retóricas son un conjunto de recursos expresivos, que se manifiestan tanto en el plano fónico, como en el morfológico, en el sintáctico y en el semántico, y que se utilizan en la lengua literaria tanto para adornar como para intensificar el discurso, y llamar así la atención no ya sobre el contenido, sino sobre el mensaje en sí mismo.

Ya que son variados y complejos, vamos a detenernos en caracterizar los procedimientos en los que estas figuras se basan, es decir, a partir de los cuales se construyen:

La supresión o adición de términos, bien sean fonemas, bien palabras, bien sintagmas enteros. Es paradigmático de este procedimiento el ejemplo de la apócope, que consisten en la supresión de un fonema en posición final de palabra (en lugar de escribir ídolo, escribiríamos ídol); así como la elipsis, la cual trata de suprimir términos de la oración que, dado un determinado contexto, se piensa que se sobreentienden (penas [serán] y hiel cualquier bocado); o la paragoge, que no hace sino añadir un fonema en posición final de palabra (aquí, al contrario que antes, en vez de trébol diríamos trébole); y el pleonasmo, que se usa cuando se quiere llenar la oración de palabras superfluas e innecesarias (la vi con mis propios ojos).

La repetición de fonemas, o de palabras, o incluso de sintagmas y oraciones enteras, es otra de las figuras retóricas más empleadas. Dentro de este grupo está la aliteración, que viene a consistir en la repetición de una mismo fonema u de un mismo grupo de fonemas (a Polifemo, horror de aquella sierra / bárbara choza es, albergue umbrío); y también la anáfora, en la que, en cambio, lo que se repiten son palabras (todas visten un vestido, todas calzan un calzar)

La sustitución de unos términos por otros. En este procedimiento se suelen basar figuras bien conocidas, como la perífrasis, que realmente consiste en expresar la idea que se quiere, pero en lugar de hacerlo a las claras, se hace dando un rodeo (como hace Góngora cuando llama al cisne “aquel ave, que dulce muere y en las aguas mora”); o como la alegoría, en la que se cambia una realidad por una consecución de metáforas relacionadas todas ellas, entre sí (nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir, como decía Jorge Manrique).

La ordenación y distribución de los diferentes elementos de un verso o una frase. En ello se basan la gradación (en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada) así como el paralelismo (tus descuidos me maltratan, tus desdenes me fatigan).

La transferencia de significados. Este procedimiento, por ejemplo, se da en la figura más famosa de todas, la metáfora (no se dice cabellos rubios, sino cabellos de oro), y también en la metonimia (no heredó el reino; heredó el trono).

11
Jun

Hija de la memoria, de Kim Edwards

Publicado por Pablo el 11 de Junio de 2007

Hija de la memoriaKim Edwards dio el salto a la fama con una colección de pequeños relatos, llamado Los Secretos del Rey del Fuego, con los que obtuvo el reconocimiento unánime de la crítica y consiguió prestigiosos premios literarios en los Estados Unidos, como el Nelson Algren Award y el Whiting Award. En la actualidad, la autora se dedica –además de a sus libros- a enseñar escritura en la Universidad de Kentucky.

Al mercado de habla hispana a llegado hace relativamente poco su último libro: Hija de la Memoria. Es un relato conmovedor, profundamente intimista, que transcurre con un halo de tristeza rodeando cada palabra y lograr hacer que el lector descienda, con ellas, a lo más profundo de los recovecos psicológicos de cada uno de sus personajes. Cómo los actos, que muchas veces no controlamos, marcan nuestra personalidad, dejan su impronta en nuestra forma de ser, en nuestras relaciones con los demás, en nuestro destino, todo ello aderezado con un estilo de formidable belleza configuran los temas del libro.

En cualquier caso, demos unos breves apuntes acerca del argumento del mismo, que siempre son de agradecer para decidirse a leer o desechar una obra de estas características. “Hija de la memoria” transcurre en los Estados Unidos de América. Concretamente, en Lexington, Kentucky, durante los años sesenta. El núcleo protagonista lo configura una pareja, un matrimonio feliz. Son David Henry y Norah, su mujer.

Y he aquí que la historia comienza cuando este matrimonio espera la llegada de su primer hijo. En un día con fuerte temporal, David lleva a su mujer a la consulta más cercana, que él mismo regente, para dar a luz. Allí es asistida por la enfermera Caroline, que está, aunque nunca lo diga, profundamente enamorada de David.

El parto transcurre sin complicaciones, excepto por un pequeño detalle: Norah da a luz, sorpresivamente, a dos bebés. El primero es Paul, el que esperaban. La segunda, Phoebe, que además de inesperada, resulta mostrar síntomas claros de padecer el síndrome de Down.

En este punto empieza verdaderamente la historia, pues es aquí cuando David decide borrar de su vida a la pequeña Phoebe. Se la da a Caroline, con el encargo de enviarla a un hogar donde la cuiden y la quieran, y a su mujer, Norah, le dice que la niña murió al nacer.

Pero Caroline decide desobedecer a su jefe, y se queda con esa pequeña a la que adora. Años pasan y, como en las antiguas tragedias griegas, el lector podrá suponer que la historia de esa pequeña Phoebe terminará por afectar a la vida de su padre y su familia, amenazando con destruir todo aquello que su padre quiso proteger al apartarla de su existencia.

La lectura avanza despacio, es triste y en ocasiones dolorosa. Pero, como ya decíamos, merece la pena adentrarse en este inteligente universo de sensaciones, que nos conducirá, mientras nos deleita, a lo más profundo de la psique humana.

8
Jun

El lenguaje jurídico-administrativo

Publicado por Pablo el 8 de Junio de 2007

JuzgadoAl formar parte de una sociedad organizada, hay episodios en nuestra vida en la que hemos de dirigirnos a un interlocutor nada común: la Administración. Así, rellenar un formulario, redactar una instancia, pedir una beca o testificar en un proceso judicial se convierten en actividades para cuyo correcto desempeño hemos de conocer una variedad lingüística específica: el lenguaje jurídico-administrativo.

Esta variedad funcional de la lengua –en la que, si tuviéramos deseo de adentrarnos, encentraríamos a su vez distintas sub-especies- se caracteriza por responder a tres rasgos básicos:

Carácter convencional y formulario: es decir, que los escritos adoptan formas textuales ya establecidas con anterioridad, y contienen a su vez fórmulas de obligado cumplimiento.

Ambigüedad y falta de claridad expresiva: que viene determinada por la extensión excesiva de los párrafos, por la abundancia de incisos aclaratorios, y por la inclusión de unas oraciones dentro de otras. Todo ello configura una recargada complejidad sintáctica que, sin embargo, es necesaria: viene determinada por el compromiso ineludible de explicar con detalle todos los aspectos del tema que se trata.

Carácter conservador: el cual se manifiesta, sobre todo, en el uso de arcaísmos, es decir, palabras o expresiones o frases que en el lenguaje estándar o común han quedado obsoletas y no se usan.

Además de los rasgos señalados, el lenguaje jurídico-administrativo se caracteriza por algunos rasgos más, entre ellos los siguientes:

En lo morfosintáctico:

– El tiempo futuro se utiliza como expresión de valor de mandato (por ejemplo: este documento será suscrito…)

– Hay una abundancia de construcciones de estilo impersonal (por ejemplo: se procederá al embargo…)

– Existe, como decíamos, una harto compleja estructuración sintáctica, en la que abundan las oraciones subordinadas e interpuestas.

– Se utilizan, frecuentemente, formas verbales no personales (infinitivo, gerundio y participio), que ignoran las referencias personales y buscan un tono fiable de objetividad y neutralidad.

– Se da una acumulación de locuciones prepositivas, así como adverbiales (por ejemplo: de conformidad con…, a efectos de…, a instancias de…)

En el plano léxico

– Se utiliza de forma voluntaria un vocabulario sumamente especializado, o lo que es lo mismo, tecnicismos jurídico-administrativos (por ejemplo: imputar, resolución, sobreseimiento…)

– Una de las características fundamentales y a la vez más llamativas es la abundante presencia de palabras que han caído en desuso en el léxico de la variante estándar (por ejemplo: cuando se dice librar con el sentido de dar curso a un expediente)

– Se utilizan con frecuencia las siglas y los acrónimos, que contribuyen a mantener la economía textual y aumentar la fluidez expresiva, en unos textos que por su propia naturaleza son densos y largos (por ejemplo: IVA, MEC, ESO…).

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