May
La escritura cuneiforme
Pablo el 3 de Mayo de 2007
De todas las formas de escritura que hoy conocemos, la más antigua es la escritura cuneiforme. Fue creada por los sumerios hace nada menos que seis mil años, es decir, alrededor del cuarto milenio a.C.
En sus inicios, las gentes que habitaban las tierras de Mesopotamia desarrollaron un sistema de escritura basado en imágenes, en dibujos simples llamados –técnicamente- pictogramas. Utilizaban para ello tablillas de arcilla, cortadas en columnas verticales, en las que grababan esos pictogramas con un punzón afilado que se fabricaba con cáñamo. Poco a poco el sistema se fue perfeccionando: empezaron a escribir de una forma ordenada, de izquierda a derecha y en filas horizontales, tal y como ahora lo hacemos nosotros. Las formas pictóricas empleadas se fueron simplificando, haciéndose más abstractas y también más fáciles de realizar. Así se podía escribir más y más rápido, y también de una forma más sencilla. El punzón anterior se sustituyó por otro en forma de cuña, que permitía, dependiendo del ajuste de la posición de la tabla frente al punzón, utilizar un mismo instrumento para escribir una enorme variedad de caracteres. Ese punzón es el que pasó a la historia: por ser su forma de cuña, a esta escritura se la llama cuneiforme.
Si era necesario, porque el texto escrito fuera de suma importancia, se podían cocer las tablillas, de forma que tanto ellas como su contenido quedaban intactas para siempre. Gracias esa técnica hay muchísimas de estas tablillas que han quedado para la posteridad, y hemos podido conocerlas y descifrarlas. Cuando no hacía falta conservar los documentos, se reciclaban y se podían utilizar tantas veces como fuera oportuno.
Aunque la escritura cuneiforme fue inventada por los sumerios, luego la utilizaron acadios, babilonios, elamitas, hititas, y asirios, aunque todos ellos empleaban –lógicamente- sus propias lenguas.
El primer occidental en conocer la escritura cuneiforme fue Henry Rawlinson, quien, en 1835, encontró la Inscripción de Behistún en un acantilado de esa ciudad, en Persia. Entre Rawlinson y su colega escocés Edwar Hincks llegaron a la conclusión de que estas tablillas –escritas en lengua persa antigua- correspondían a una lengua silábica, y empezaron el lento y tortuoso trabajo del descifrado. Les ayudó enormemente el descubrimiento de la ciudad de Nínive, cuya biblioteca albergaba miles de tablas de arcilla con las que podían comparar.
En 1857, ambos estudiosos se sometieron a una curiosa prueba en la Real Sociedad Asiática de Londres. Consistía en realizar, por separado, una traducción de una tablilla determinada. Si la traducción de ambos venía a coincidir en su mayor parte, el jurado consideraría que se había realizado con éxito el descifrado de la escritura cuneiforme. Y, por fortuna, ambos realizaron traducciones prácticamente idénticas. Así que, desde ese año, se considera logrado el difícil objetivo de comprender una lengua antigua escrita con unos caracteres desconocidos hasta entonces. Rawlinson y Hincks lo consiguieron gracias a su arduo trabajo, y a partir de entonces muchos historiadores y especialistas pudieron arrojar nueva luz sobre la historia antigua de las civilizaciones mesopotámicas. Y es que el cuerpo de textos de contenido religioso y cultural hallados en sumerio, acadio, babilonio, etcétera, era ingente. Había -y aún hay- mucho trabajo que hacer.

La publicación de este libro, Travesuras de una niña mala, supuso un hito en la brillante carrera literaria de Mario Vargas Llosa. Lo admitió además él mismo, y es que, pese a ver escrito decenas de obras, y haber tratado tan diferentes temáticas, el propio Mario admitió que esta era, de todas ellas, su primera novela de amor.
La poesía fue el género que más se enriqueció de la fructífera mezcla intercultural que se produjo en Al-Andalus. Fue ello debido, en buena medida, a que recibió una protección y espacial por parte de los dirigentes árabes de los distintos reinos habidos en la Península Ibérica. De forma que, entre finales del siglo X y principios del XI, surgieron numerosos poetas arábigo españoles en las cortes andalusíes.
El lenguaje verbal tiene una característica fundamental, que es su doble articulación. Esta propiedad permite descomponer cualquier mensaje verbal en dos tipos de unidades: los fonemas y los monemas. Los fonemas son las unidades mínimas de expresión. Los monemas son las unidades mínimas con significado
Todas las obras literarias son, en sí mismas, actos de comunicación sumamente estructurados. Hay un emisor (el autor), y un receptor (el lector) y, aunque existen numerosos géneros literarios con sus particularidades y características, existe un código más o menos general a todos, que es lo que conocemos como el lenguaje literario. 










