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Yasunari Kawabata

Publicado por A. Cerra

Kawabata recibiendo el Nobel de Literatura

La mejor literatura japonesa del siglo XX siempre es muy valorada en los países occidentales, si bien es cierto que en muchas ocasiones tenemos una visión muy parcial de la misma. Pero la verdad es que cuando un autor nipón logra ser bien conocido fuera de sus fronteras, llega a ser venerado. Y no solo hablamos del caso de Murakami, que posiblemente sea el autor japonés menos japonés de todos. Hablamos de muchos otros, que aunque sean de minorías, una vez que se les conoce es imposible no reconocer su valía.

Un caso sintomático es el de Yasunari Kawabata (1899 -1972) que para muchos es el gran referente y precursor de la actual literatura japonesa. De hecho, él fue el primer escritor nipón que logró ser galardonado en 1969 con el Premio Nobel de Literatura.

En la trayectoria profesional, y también vital, de Kawabata se pueden diferenciar dos partes claramente. Algo que es muy común a muchos japoneses, ya que el punto de inflexión fue la Segunda Guerra Mundial y su derrota en la misma.

El caso es que este escritor antes de aquella contienda se alineó con la conocida como Escuela de nuevas sensaciones. Una tendencia cultural en su país que preconizaba romper con las tradiciones nacionales y acercarse mucho más a los lenguajes simbólicos e impresionistas de las culturas occidentales. Así como se alineaba también con las narraciones que hablaban de cuestiones sociales y de las clases bajas y proletarias.

En esa línea hay que enmarcar sus publicaciones de los años 20 como Mar azul, mar negro, o La bailarina de Izu. O el posterior conjunto de retratos femeninos que planteó en 1937 con País de nieve.

Sin embargo tras la rendición del emperador japonés en la Segunda Guerra Mundial, los libros de Kawabata quedaron inundados de una profunda melancolía. Son relatos que en el fondo traducen su estado personal, ya que su ánimo era el de alguien completamente desilusionado y sin ninguna confianza en el colectivo. Unas condiciones mentales que además ayudaron a su decrepitud física, por lo que parecía lógico que acabara suicidándose.

No obstante, antes de aquel lamentable desenlace publicó algunas de sus mejores obras como El rugido de la montaña de 1952, o Belleza y tristeza de 1963. Y curiosamente, en estas obras también su estilo e intenciones cambiaron, ya que se convirtió en alguien que defendía la vuelta a las tradiciones artísticas japonesas. Tal vez por eso son obras en las que aparece un elemento distintivo del arte nipón durante siglos: el erotismo más sensual. Una cualidad que no solo aparece en los relatos de ese país, sino que es algo admirado desde siempre en las famosas estampas japonesas de autores como Hokusai o Utamaro.

Categorías: Literatura