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Boris Vian

Publicado por A. Cerra

La literatura francesa a mediados de siglo XX se lanzó a una búsqueda de novelar en la que sobre todo ansiaba la creación de un nuevo lenguaje. De hecho, el lenguaje en sí mismo se acabó por convertir en el elemento central de la narración, dejando en un segundo plano e incluso abandonando conceptos clásicos como el argumento o la presencia de protagonistas.

Boris Vian músico de jazz

En esta línea hay que citar la producción literaria de Boris Vian (1920 – 1959). El cual ciertamente no alcanzó el éxito en vida, a lo que no ayudó su tempranamente muerte. Pero lo cierto es que con el paso del tiempo su figura ha ido engrandeciéndose para los críticos.

Entre otras cosas se ha valorado su labor como auténtica avanzadilla de lo que iba a ser la novela experimental. Si bien es cierto, que ante todo Boris Vian se puede considerar un creador surrealista. Además de que fue un personaje muy polifacético, que alternó la literatura y la música jazz. Y siempre en un ambiente de nocturna bohemia.

Su gran obra, y en realidad su único éxito en vida, lo firmó con seudónimo y se tituló Escupiré sobre vuestra tumba. Una obra publicada en 1946 y que firmó como Vernon Sullivan, haciendo creer que era un autor de los Estados Unidos al que había traducido.

Otra obra destacable de su producción fue Que se mueran los feos. Así como también merecen ser citadas: La espuma de los días y Otoño en Pekín. Unas narraciones que independientemente de su estilo solo se entiende en el contexto histórico en el que fueron creadas, ya que tienen mucho que ver con la Guerra Fría que reinaba en el mundo. Un mundo recién salido de la Segunda Guerra Mundial y en el que se respiraba una violencia contenida, así como todo era bastante sórdido.

Eso en cuanto a la temática, pero en cuanto al estilo, son magníficas muestras del lirismo que inunda la obra de Boris Vian. Un lirismo sazonado con muchas escenas de carácter onírico que evocan a Franz Kafka, así como también llama la atención el sentido del humor del autor.

Con esos mimbres no solo se dedicó a escribir novelas. También se volcó en la creación de obras de teatro como La merienda de los generales o Los fundadores del imperio que creó en el mismo año de su muerte. Unas obras dramáticas que sin duda alguna puede parecer que por momentos se están adelantando a lo que posteriormente iba a ser el teatro del absurdo de Eugene Ionesco o Samuel Beckett.

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