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La literatura hebrea: el Antiguo Testamento

Publicado por Pablo

Antiguo TestamentoLos primeros testimonios de la literatura hebrea son de sobra conocidos por todos. Se trata, cómo no, del Antiguo Testamento, la primera parte de la compilación de textos que conforman la Biblia. Estos textos, además de su innegable valor literario, tienen un valor religioso fundamental tanto para judíos como para cristianos.

El Antiguo Testamento se divide en tres grupos de libros, y su origen es anterior al nacimiento de Cristo. Los grupos son: la Torá; los profetas, y los escritos. La Torá, también llamada ley, abarca los primeros cinco libros o Pentateuco. El primero de ellos es el conocido Génesis (“en un principio Dios creó el cielo y la tierra…”), que narra la manera en que Dios creó el mundo. Le siguen una serie de libros que narran los orígenes del pueblo hebreo.

Los libros de los profetas empiezan con el libro de Josué, en el que se narra la historia de la conquista de Palestina por parte del pueblo de Israel, liderado por Josué. Le sigue el libro de los Jueces, que narra los acontecimientos siguientes a la muerte de Josué, tiempos difíciles en los que aparece Sansón. Luego vienen los libros de Samuel, en los cuales vemos aparecer la figura de David. Y así continúa con la historia de todos los profetas, enviados de Dios a través de los cuales la divinidad se comunicaba con su pueblo.

El último grupo de libros es el de los escritos, que destacan por su valor poético y literario. En estos textos se celebra la existencia de Dios y la fe que en él pone el pueblo de Israel. Los más importantes son los Salmos, así como el Cantar de los Cantares y el Libro de Job. Muchos de estos libros tuvieron una influencia colosal en el mundo posterior, influyendo la obra de numerosos artistas, escritores y poetas.

Finalmente, hay que destacar los libros sapienciales, un intento de enseñar la religión y su influencia de una manera paralela a la que emplean sacerdotes y profetas. Aquí se encuentran los proverbios, los cuales, a través de imágenes y adivinanzas, fomentan un aprendizaje más destinado a las cuestiones prácticas de la vida, que al mundo espiritual. Sus máximos exponentes son el Eclesiastés y el Libro de la Sabiduría.