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La literatura romántica española
Pablo el 4 de Julio de 2007
A España el romanticismo llegó tardíamente, y no alcanzó a impregnar totalmente la cultura y la literatura. Se convirtió, en muchos casos, en un campo de batalla entre los sectores absolutistas y liberales y, literariamente, esta batalla se libró sobre todo en el teatro. Las obras de Ángel de Saavedra, duque de Rivas, dan buena muestra de ello. Saavedra, a pesar de su origen aristocrático, hubo de refugiarse en Inglaterra por causa de su ideología liberal.
El teatro romántico tuvo siempre por modelo al teatro español del Siglo de Oro; se revalorizó enormemente la obra de Calderón de la Barca, y esta forma de hacer teatro tuvo tanto éxito que no desaparecería hasta ya finalizada la Guerra Civil.
Tres son los nombres más relevante de esta literatura romántica: Mariano José de Larra, José de Espronceda y José Zorrilla. Larra, que empleó a lo largo de su vida varios seudónimos, adquirió un enorme prestigio entre sus contemporáneos y entre los escritores de la generación del 98. Su educación estuvo dominada por la influencia francesa de su padre y, aunque empezó a estudiar medicina, pronto abandonó esos estudios y se dedicó a las terturlias, la literatura y la crítica política cercana a los sectores liberales.
Su pieza teatral más importante fue Macías, un drama romántico escrito en 1837, el mismo año de su muerte. Sin embargo, su mayor prestigio lo consiguió a través de sus artículos y críticas publicados, bajo seudónimo, en diversos periódicos.
Espronceda, por su parte, es el Lord Byron español: una figura que mostraba la actitud romántica en todos los aspectos de su vida. Tuvo una intensa vida política y amorosa, en la que destaca su turbulenta relación con Teresa Mancha, a quien dedicó varias de sus obras. Destaca, entre sus poemas, El estudiante de Salamanca, en la que hace una revisión actualización de una tema recurrente entre los románticos, el del seductor Don Juan, llevado por Espronceda a los extremos más antisociales y antirreligiosos.
Sin embargo, si de Don Juan hay que hablar, lo mejor que podemos hacer es referirnos a la revisión teatral de José Zorrilla. Da este autor una nueva visión al tema, distinta a todas las que se conocían hasta entonces: el Don Juan de Zorrilla es un buen chico, sin malas intenciones y con bastantes escrúpulos.
Zorrilla crea la historia por la que conocemos a este personaje: su conservación en Sevilla con Luís Mejía, su reto por ver quién seduce a más mujeres y el desafío final por seducir a una novicia que Don Juan acepta confiado.

Francisco de Quevedo nació en Madrid en 1580, y ya desde muy joven empezó a despuntar como excelente poeta, adquiriendo gran prestigio con el paso de los años. Cuando sólo contaba 23, aparecieron algunos poemas suyos en una antología que recogía algunos de los mejores poetas españoles. Algunos de esos poemas fueron revisados más adelante por Quevedo, lo cual no viene sino a demostrar uno de sus rasgos más acusados: su remarcado perfeccionismo.
Es muy común que los jóvenes utilicen la lengua de una manera especial, harto distinta, a veces, de cómo la emplean los mayores u otros grupos sociales. De esa manera, se identifican como miembros de determinados grupos, que se manifiestan como lingüísticamente diferentes empleando sus propios códigos, sus propios vocablos y expresiones.
Luis de Góngora nació en Córdoba en el año 1561, y decidió utilizar el apellido de su madre, Góngora, por su mejor eufonía y por su predilección por las palabras esdrújulas, o al menos eso es lo que se cuenta. Se fue a estudiar a Salamanca, aunque no terminó ninguna carrera completa, pues sólo estaba interesado por la literatura y el juego.
A lo largo de la historia de una lengua determinada, el significado de muchas de sus palabras va cambiando. Al mismo tiempo que se transforman las condiciones históricas, sociales y culturales de una comunidad, las palabras de su lengua varían igualmente encuentran nuevos usos, nuevos cambios; modernas teorías, avances y formas de pensar aparecen en el horizonte, mientras otros quedan anclados en el pasado y se convierten en arcaísmos, en el mejor de los casos, o se olvidan, en el peor de ellos.












