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Jean Racine
Pablo el 23 de Julio de 2007 a las 09:52 am
La infancia de Jean Racine, nacido en 1639, no hubo de ser fácil, habida cuenta de que quedó huérfano siendo aún muy pequeño. Su familia pudo darle una buena educación, y el joven Jean realizó pronto sus primeros intentos literarios, aunque con escaso éxito. Al menos, hasta que captó la atención de Luis XIV.
Molière también se interesó por él y le facilitó los medios para representar su primera obra, con la que no obtuvo demasiado aplauso. A los 26 años, logró su primer triunfo sonado con Alexandre, una obra que también estuvo patrocinada por Moliere. Sin embargo, Racine no le agradeció este respaldo y lo abandonó, como también hizo una de las mejores actrices del genial comediante, lo que le ofendió gravemente.
Racine tuvo una vida muy agitada y pasional que guarda cierto paralelismo con sus trágicos y apasionados personajes. Tuvo muchas relaciones, y hasta se le acusó de haber envenenado a una de sus mujeres. En la década de 1670, Racine escribió sus mejores obras, entre las que destaca Fedra, su obra cumbre. Tras ella abandonó el género teatral, renuncia que estuvo sin duda muy influenciada por su nombramiento como historiador del rey, un cargo que le ofrecía nuevas y más importantes responsabilidades. Y es que escribir obras de teatro seguía siendo un trabajo muy poco considerado en la Francia de la época. Racine recibió de buen grado su ascenso, y su buen desempeño le llevó a ser, más adelante, director de la Academia.
Sus tragedias se basaban en conflictos de pasiones y voluntades en los que la libertad desempeñaba un papel muy destacado. En muchos casos, acababan con un suicidio. Racine tuvo la habilidad de dar un nuevo tratamiento a los temas más clásicos de la Antigüedad, de forma que alguna de sus obras recuperan a personajes como Antígona, Alejandro Magno, Andrómaca o Fedra.
Esta última obra, que como ya hemos dicho representó la mejor creación de Racine, está basada en la historia de mismo título de Eurípides. Cuenta la historia de una mujer que está enamorada de su hijastro, Hipólito, hijo de su marido Teseo. Fedra, cuando cae enferma, confiesa ese amor a la nodriza Enone, y una vez muerto Teseo, hace lo propio con su hijo, para horror de éste, cuando iba a contraer matrimonio con Aricia, su verdadera amada. Sin embargo, cuando Fedra pide a Hipólito que acabe con su vida, corre la voz de que Teseo no ha muerto en realidad, y que está de vuelta. Cuando éste cree que su hijo ha intentado poseer a su esposa, su reacción es airada. El final estará a la altura de la vieja tragedia.

La teoría de los campos semánticos aparece en la década de 1930 en una serie de autores alemanes y suizos, especialmente Jost Trier (a quien podemos ver en la imagen). Su definición positiva de campo semántico viene a ser el de “conjunto estructurado, sistemático, de significados de lexemas relacionados recíprocamente por un parentesco semántico estrictamente significativo”. Las ideas de Trier fueron desarrolladas por sus discípulos, entre ellos Weisgerber, y constituyen lo que se denomina teoría de Trier-Weisgerber.
Roman Jakobson fue un filólogo norteamericano -aunque nacido en Moscú- considerado el fundador de la lingüística y de la fonología -estudio de los fonemas-
Mediante los enunciados imperativos o exhortativos, el hablante dirige a sus interlocutor mandatos, consejos, peticiones o ruegos. La forma lingüística que adoptan los mandatos depende del contexto comunicativo, como es natural, especialmente de la relación que existe entre los interlocutores. “Déjame el libro” es, aún diciendo lo mismo, bien distinto de “¿podría usted dejarse su libro, por favor?”.
En los enunciados interrogativos, el emisor expresa una actitud de desconocimiento o de incertidumbre. Pregunta, por ejemplo: ¿se ha marchado ya ella?; o, ¿cuándo se ha marchado ella?; Ignoro cuándo se ha marchado ella.











